viernes, 31 de julio de 2009

El juego de las arañas (26-8-08)


Porque hay momentos
en los que uno se cansa de respirar el mismo oxigeno podrido
lleno de mentiras y desprecios,
porque las mañanas llegan cada vez más tardías
y la noche se va cerrando sin previo aviso,
porque las tristuras pesan cada vez más en los párpados
y el valor cuesta cada día una sonrisa más cara,
las esperanzas han pasado a ser quimera
y los sueños….ah…los sueños, ¿qué eran?

Las fotos no son más que escenas fingidas sostenidas en marcos de recuerdos;
son débiles los recuerdos
y el llanto a penas moja, se limita a caer sobre las mejillas
¿quién recoge las lágrimas?
Déjalas, me gusta la lluvia salada.

No hay segundas partes
¿y si las hubiera?
Siempre son peor de lo que se puede preveer
una sombra de lo recreado en la mente, errores de la conciencia.

El juego de las arañas es tejer,
tejer en la mente una tela que no deje escapar los instantes
retener el pasado, enredarlo y dártelo de comer en momentos famélicos.
Atar cordeles en los tobillos y sesear historias hasta que te duermas,
jugar a la comba con los finos hilos
y pretender salir ilesa,
mis arañas…..
respiramos oxigeno podrido, lleno de mentiras y desprecios
¿y sabes qué?
Todavía no estamos cansadas.
¿volvemos a jugar?

jueves, 30 de julio de 2009

Cifras (VI)

Me acerqué y la abracé fuerte, muy fuerte y pensé que no importaba que ya no fuese una niña o que fuese a casarme y tener mi propia familia, junto a mi madre sentía que nada malo podía pasarme. La besé en la cabeza y fui al cuarto de baño en busca del teléfono para llamar a Ramón, por una vez era yo la que le iba a regañar por retrasarse, marqué su número con aire victorioso pero no conseguía contactar, el teléfono no reaccionaba. Me acerqué a la ventana buscando cobertura y entonces sí, llamé. Pero el teléfono seguía sin conectar. Pedí a mi hermano que me dejase llamar con el suyo, pero tampoco reaccionaba, así que llegué a la conclusión de que era el de Ramón el que no tenía cobertura. Me senté junto a mi hermano en el sofá a ver los dibujos animados y le recriminé que la edad que tenía ya no era para como para estar viendo cosas de niños, pero lo cierto es que a mi también me gustaban, solo que no podía desaprovechar la oportunidad de hacerle rabiar. En la calle había un día movidito, desde hacía algo mas de media hora sonaban sin parar sirenas de policía y de ambulancias. Ya eran las 8:30.
Cortaron la emisión de lo que estábamos viendo para hacer un avance informativo. Las imágenes eran de la estación de Atocha, decían que había habido una explosión y algunos heridos, pero que de momento no se sabía nada más. Le quité el teléfono a mi hermano y volví a llamar a Ramón, pues él tenía que bajar en esa estación, pero seguía siento inútil contactar con él.
Me parecía demasiado extraño que no me llamase aunque fuese desde una cabina. Quería ir hasta allí pero me lo impidieron, mi madre decía que lo mismo nos cruzábamos los caminos y que lo mejor era esperarle en casa. Buscamos los canales donde hubiese informativos y cada vez hablaban de más victimas mortales y un montón de heridos. Ya no solo había habido una explosión sino varias. Ya eran las 9:30.
Lo que pasó a continuación lo recuerdo como si lo hubiese vivido en un sueño. Sonó el teléfono de casa y mi padre lo cogió, mientras escuchaba lo que le decían desde el otro lado se volvió y me miró con la cara pálida. Era la hermana de Ramón.
Supongo que a estas alturas no hará falta que os diga que Ramón murió ese día. Le arrebataron la vida de la manera más absurda, por el motivo más absurdo y con la mayor frialdad posible.
Ahora me paro a pensar en las veces que lloré mientras él estaba trabajando en la frontera de Gaza, el miedo que sentía cuando me paraba a pensar que podía pasarle algo malo. Si de algo me alegro es de no haberle retenido aquí por mi propio miedo, al final el cumplió su sueño y aunque mis pesadillas también se materializaron ocurrió tan solo a un par de kilómetros de mi propia casa.

Una vez, cuando todavía era pequeña la maestra nos pidió que hiciésemos un dibujo sobre la guerra y como a mi no me gustaban las guerras dibujé una novia con un ramo de flores precioso.

miércoles, 29 de julio de 2009

Cifras (V)

A los dos días de estar en Madrid me pidió matrimonio. No me lo esperaba, para que engañarnos, ninguno de los dos éramos tradicionalistas, más bien hubiese esperado que me propusiese irnos a vivir juntos, pero ¿casarnos con anillo, vestido blanco, ramo de flores y todo eso? Nunca, jamás lo hubiese sospechado. Quien se llevó una gran alegría era mi padre, el pobre pensaba que el matrimonio me ayudaría a sentar la cabeza, no le quise quitar la ilusión, así reservé mi razonamiento lógico-aplastante sobre el matrimonio y los cambios de personalidad en el ser humano para otro momento, tal vez para más tarde cuando mi hermano viniese a reírse nuevamente de Ramón y de mí. Me encantaba atormentar a Sergio con mis ideas y análisis sobre el ser humano, era tan vulnerable que terminaba con cara de impacto. Como siempre le he dicho, mucho cuerpo y poco cerebro. Se pasaba las tardes en el gimnasio levantando pesas y aunque siempre me lo ha negado, sé de sobra que tomaba rayos UVA para estar moreno, no era normal encontrar un madrileño tan moreno en pleno febrero.
Se me echaba la hora encima, ya eran más de las siete y Ramón vendría a por mí sobre las ocho. Teníamos todavía un montón de cosas por arreglar antes de la boda, como cualquier pareja queríamos que todo saliese perfecto. Antes de meterme en la ducha miré la lista de tareas pendientes para ese día, lo que no solucionásemos ese jueves ya no lo podríamos arreglar, pues estaba convencida de que a la mañana siguiente mis neuronas estarían colapsadas y solo se alinearían para dar el sí quiero en el momento preciso. Teníamos que ir a la floristería a recordarle lo de mi ramo, y a repasar los adornos para el coche de novios. Me sorprendí de mí misma al darme cuenta de que en realidad eso de casarme a la antigua me hacía mucha ilusión. Justo cuando me iba a meter en la ducha sonó el teléfono, menos mal que acostumbro a llevarlo siempre conmigo, la idea de correr desnuda por la casa a la caza y captura de esa llamada no hubiese sido nada elegante. Vi el nombre de Ramón como llamada entrante.
-Buenos días. ¿Por donde andas?
-¡Ah! ¿Ya estás despierta? Te imaginaba todavía enroscada en las sabanas. ¿Has podido dormir bien?
-La verdad es que cuando me acosté me costó un poco conciliar el sueño, pero ya sabes que una vez dormida no hay terremoto ni boda que me saque de él.
-Bueno, pues ves arreglándote que en algo más de media hora estoy ahí, voy a coger ya el tren. Pero no tardes, ¿eh? Que ya nos conocemos
-¡Vaya! Si eres tú el que me está entreteniendo. Venga, cuelga ya y déjame que me meta en la ducha que estoy pillando frío y una novia con estornudos y sonándose la nariz no queda nada estético-
-Venga, hasta ahora.
-Besos.
Me di una ducha rápida, siquiera me lavé el pelo, pues no quería perder tiempo después secándolo, de todos modos al día siguiente me lo tenían que arreglar en la peluquería y salir a la calle con el pelo húmedo en Marzo no era cuestión. Me vestí rápida y cuando terminé ya eran las ocho. Me senté en la mesa de la cocina, donde mi madre preparaba ya la comida. Cuando estaba nerviosa le daba por hacer tareas de la casa compulsivamente, lo cierto es que prefería verla cocinar como una cosaca a que estuviese pasando el aspirador por todas partes.
-¿Has desayunado ya?
-No mamá, ahora tomaremos algo por ahí cuando venga Ramón, supongo que iremos a comer unos churros por ahí.
-¿A qué hora viene a por ti?
-Pues habíamos quedado a las ocho, pero vamos, que lo mismo el tren se ha retrasado.
-Pues ves tomando tú algo que lo mismo el ya viene desayunado.
-¿Qué es eso que hay ahí…? ¿Tortilla de patatas?- me acerqué y corté un trozo para comérmelo con pan.- Ay mamá, no sabes lo mucho que voy a echar de menos tus tortillas.
-Anda exagerada, que no te vas a vivir tan lejos, cuando vengáis a cenar hago tortilla y así te quitas la espinita.

martes, 28 de julio de 2009

En días así...

Amor, infancia y otras muertes


Hoy recordé algo de cuando era pequeña, no pequeña de tamaño pues en eso apenas he cambiado, sino pequeña de saber que ya es septiembre y pronto empieza el colegio porque en el salón de casa huele a libros nuevos y pinturas de madera.
Me vino a la mente el momento en el que una amiga del colegio me regaló algo, lo cierto es que no sé qué fue eso que me regaló pero recuerdo la conversación:
- Toma, esto es para ti
- ¿Para mí para mi casa?-( porque no era lo mismo que fuera para mi a que fuera para mí para mi casa, eso es que era más mío)
- Si, para ti para tu casa
- ¿Pero para mí para mi casa para siempre?- ( es que no era lo mismo que fuera para mí para mi casa a que además fuese para siempre, eso significaba que era mío mío de verdad)
Después pasa el tiempo, tanto que olvidas que las penas se curaban jugando a la rayuela y que el miedo era mejor guardarlo debajo de la cama, si no te asomabas a ver qué había debajo incluso podías olvidarte de él. Pero lo cierto es que todavía me da miedo mirar debajo de la cama. Todavía tengo fe en las promesas y pienso que si alguien me dice que es mío para mí para mi casa para siempre, no se le va a olvidar que la palabra siempre es siempre. Quizá sea la única que no se hizo mayor.
Me pasó el día dibujando rayuelas, lanzando la piedra y saltando, saltando a ver si en uno de esos se me caen las penas.
Mi psicoanalista me lo ha confirmado varias veces (como si con una no hubiese bastante), dice que sigo siendo una niña y que poco a poco tengo que ir enterrando la infancia, pero ¿cómo voy a hacer eso si no quiero? Si hago eso ¿qué será de los sueños?
Supongo que quiere que abra los ojos de una vez y que vea que el mundo es mucho más cruel de cómo lo pinto.
Al final esta niña terminará matándome…

Cifras (IV)

No nos costó mucho esfuerzo encontrar trabajo, en Madrid hay muchas academias de ingles y Ramón continuó durante un par de años en el periódico mientras enviaba curriculums a las cadenas de televisión ofreciéndose como corresponsal subrayando que no le importaba el destino. A veces me daba miedo pensar en los riesgos que podía correr, ya habían muerto varios periodistas mientras estaban países en guerra, los atentados seguían sucediéndose en un lugar y otro, y ya no solo pensaba en guerras, también me daba miedo los países de Sudamérica o islas del caribe, con los fuertes huracanes y terremotos, pero no le decía nada a él, yo sabía que era su mayor ilusión y no era quién para robársela o empañarla con mis temores. Un día recibió una carta del una cadena internacional, necesitaban un colaborador de corresponsal en la frontera de Gaza. Ramón estaba emocionado, al fin su sueño iba a cumplirse, dejaría la silla, el ordenador, las frías cifras y meras palabras y por fin trabajaría con gente de verdad. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, casi a diario se podía ver en la televisión alguna desagradable noticia de aquel país, los atentados eran semanales, las muertes diarias, sentí ganas de llorar, de agarrarme a su pierna como una niña pequeña y rogarle que no fuese, pero no podía, no tenía ningún derecho a hacerlo, él no lo hizo cuando me dieron la beca y pasamos un año separados, de todos modos él a penas pasaría unos tres meses, ese era mi consuelo.
Nunca había prestado más atención al telediario como en aquellos tres meses, veía todas las ediciones, desde la de las siete de la mañana hasta la de las doce de la noche incluso a veces veía los avances informativos de otras cadenas. Mi padre estaba preocupado por mí pues en cuanto salía alguna noticia de Gaza o de Israel, dejaba de comer y no volvía a retomar el plato, solía terminar llorando sobre la cama. Mi hermano Sergio aparecía a la media hora con un vaso de leche con cacao.

-Si no lo matan allí le voy a partir la cabeza cuando vuelva, ¡hay que ver lo preocupada que te tiene el pijo engominado ese! Venga, tómate la leche que cuando vuelva no te va a conocer de lo delgadita que te estás quedando.
- Vaya ánimos me das, idiota.
-Me apena verte así Marta, verás como vuelve pronto, sano y salvo, ¿quién lo va querer allí? El día menos pensado lo recibes en casa, con un sello de urgente pegado en la frente, jajaja.
-Que tonto eres, la verdad es que dar ánimo y consuelo no es lo tuyo.
-Bueno, tampoco se me da tan mal, mírate, te estás riendo.

Cuando volvió una cosa nos quedó clara, queríamos pasar el máximo tiempo juntos. No dejaba de contarme lo calamitoso de aquella zona, la de gente que vivía en los campos de refugiados que no eran más que perreras humanas en las que faltaba agua, comida y sobraba miseria. Conoció a una niña que había quedado huérfana y cuidaba de su hermano de apenas dos años, nadie se ofreció a ayudarla en el tiempo que estuvo allí, cada uno lucha por sobrevivir y no se preocupa de los demás, era doloroso ver como el espíritu de supervivencia se limitaba a ser de los primeros en las colas de la comida y mantener el vaso lo mas lleno de agua posible.
Fue impactante verle llegar al aeropuerto, esperaba encontrarlo como siempre, excesivamente limpio, repeinado y con sus horribles zapatos marrones, sin embargo cuando lo vi aparecer por el pasillo de desembarque era como si no fuese el mismo, sus cabellos estaban rizados y mucho más largos, por lo visto en esos tres meses no se los había cortado, casi se le metían en los ojos, había cambiado su polo blanco por una camisa color caqui y sus vaqueros por unos pantalones de lino, su tez estaba mucho más morena y curtida por la intemperie y el duro sol que atiza la zona y ni rastro de sus zapatos marrones, en su lugar calzaba unas sandalias grises. Era como si en vez de tres meses hubiese pasado allí tres años, estaba mucho más maduro en todos los sentidos, me encantaba tenerle de nuevo junto a mí.

sábado, 25 de julio de 2009

Cifras (III)

Definitivamente había quedado como una idiota. En ese momento me hubiese encantado ser avestruz y meter la cabeza en un agujero a muchos kilómetros de profundidad donde, probablemente estaba enterrado mi ego. Que estúpida puedo resultar a veces.
De camino a las aulas me acerqué a él y le pedí perdón, le había juzgado mal solo por su aspecto. Me dijo que no había nada que perdonar y que le gustó el modo en que defendí mis ideas y opiniones, que prefería ser arañado por la sinceridad que apuñalado por la mentira y que el mejor modo de enterrar el hacha de guerra era tomando un café. Acepté y quedamos para el viernes siguiente por la tarde, pero no en la cafetería de la universidad, sino en un centro comercial.
Poco a poco me fui dando cuenta de cómo era por dentro y casi me fui olvidando de su ropa y su peinado, digo casi, porque aquellos horribles zapatos marrones eran imposibles de evadir. Lo que más me gustaba de él era la credibilidad que daba a todas sus ideas, la ilusión y el empeño que ponía en sus proyectos, la fuerza que transmitía al hablar o incluso al mirar, nunca apartaba la mirada, siempre permanecía franca e inalterable. Quedamos en varias ocasiones para ir a la biblioteca donde me descubría escritores que no sabía ni que existían y me sorprendían gratamente, otras veces quedamos para ir a una cafetería y finalmente para ir al cine o salir a bailar. Como es de suponer, terminamos enamorándonos el uno del otro, aunque a veces parecía más bien una relación amor-odio, pues ambos defendíamos nuestras ideas con uñas y dientes y nos costaba mas de un palo al orgullo dar nuestro brazo a torcer o simplemente cerrar la boca, cosa que era casi imposible para mí.
El peor momento de nuestra relación fue cuando me dieron una beca para ir a Manchester a terminar mi carrera. Era una gran oportunidad para mí pues no es lo mismo hablar en ingles con un profesor, por preparado que esté, a estar en Inglaterra hablándolo en todo momento. Aunque nos llamábamos todos los días se notaba que la distancia nos estaba enfriando. Acostumbrados a estar juntos casi todo el día era muy duro no verse, las frases se quedaban cortas, nuestras voces no eran las mismas por teléfono y lo pero de todo, malinterpretábamos las palabras, un simple “de acuerdo” se tornaba desprecio, los “te echo de menos” parecían reproches y los “cuídate” un adiós sin retorno. Por aquel tiempo Ramón se puso a trabajar en un periódico, no era el trabajo de su vida, pero al menos adquiría experiencia y se ganaba unos euros. En un par de meses juntó dinero suficiente para pagarse un vuelo a Manchester y darme así una gran sorpresa. Tan solo pasó conmigo cinco días, pero eso renovó totalmente nuestra relación. Le llevé a conocer Londres y junto a él todo era mucho más bonito, incluso el palacio de Bakingham que me resultaba fosco y lúgubre parecía tener más vida. El BigBen se veía más grande y sus campanadas sonaban con otro tono más alegre.
-La ciudad se alegra de que estés aquí.- le dije
-Vaya, ¿y tú no?- ya conocía la respuesta.
-Yo no tanto.- me encantaba hacerle de rabiar y como él lo sabía se hacia el ofendido.