Se veía la bahía desde la ventana, era la única condición que puse cuando la señora de las gafas suicidas me preguntó tras la recepción de aquella humilde pensión qué tipo de habitación quería.
- Con vistas a la bahía . - dije sin soltar la pequeña bolsa que utilizaba de maleta.
No añadí nada más, como si el exceso de palabras tuviese recargo, como aquellas botellitas de licor que tienen en las neveras del minibar, que todavía no te la has bebido y ya te estas arrepintiendo de haberla abierto.
-¿Solo se va a quedar una noche?- asentí, aunque no sabia muy bien cuánto tiempo sería .- Pues firme aquí.
Me extendió una hoja que no leí, solo seguí el camino que trazaba aquella punta de bolígrafo que me indicaba donde debía estampar mi rubrica.
Era como lo había imaginado años atrás, la bahia de Algeciras, el mar y al fondo el Peñon. La brisa del mar traía salitre, podía notarlo en mi piel. Cerré los ojos y mi mente llegó a África, tan cerca y a la vez tan lejos. Comino, clavo, cardamomo, incienso, mirra, cuero... Mi Marruecos querido, prometí volver y todavía me estás esperando.
Dejé abierta la ventana, eran las 12 a.m y el sol entraba sin pudor a través de ella calentándome la espalda. Me tentaba bajar a la playa, olvidar aquella locura y simplemente tumbarme sobre la arena a descansar, dejarme abrazar por el mar. Dejarme abrazar.Pero no había ido hasta allí para bañarme en el mar, tenía que cumplir una promesa, una que me había hecho a mi misma doce años atrás, había llegado el momento.
Me quité la ropa que había llevado durante el viaje, las zapatillas de deporte y me vestí con un vestido ligero y unas sandalias de cuña, vista así cualquiera podría pensar que era una turista más.
Bajé a la calle y subí a un taxi que esperaba en la puerta de la pensión.
- ¿A dónde señora?- me preguntó el taxista muy amable.
-Alli - dije señalando con el dedo.
-¿Al Peñon?
-No, alli.- volví a señalar aquel punto concreto.
-Pero señora allí no hay nada.- dijo casi divertido.
-A eso he venido, a comprobarlo. Lléveme allí, por favor.
Tardamos unos veinte minutos, en ese tiempo me arrepentí unas cincuenta veces de haber llegado hasta allí, era una locura, hubiera sido más racional haber ido a buscar la Atlántida.
- Pues ya estamos señora.- se volvió y me extendió un tiket con el importe- Le recomiendo que visite el Peñón, visto asi no es más que una roca, pero tiene cosas interesantes y qué coño, que aunque digan que es británico es más español que la tortilla de patatas, algún día tendrán que devolvérnoslo.
Me bajé del taxi sonriendo, algo que no habia hecho en las ultimas veinticuatro horas, con el estomago encogido es difícil sonreír.
Alli estaba, el espigón. Su espigón.
Me quité las sandalias y caminé por la arena hasta llegar a él. Las rocas eran ásperas, aunque estaban bastante pulidas por los años con el ir y venir de los pescadores. Ahora mis pies recorrían el mismo camino que sus pies recorrieron doce años atrás, podía sentir la vibración de sus pasos, subía por mis piernas hasta estancarse en forma de dolor bajo el vientre. Volví la cabeza y miré hacia donde una vez, hace mucho tiempo, estuve sentada, con las olas del mar mojándome los tobillos , mientras mi mano dibujaba un pueril corazón esperando que él adivinase a verlo desde la distancia.
Ahora, en el espigón era yo la que estaba , y sobre la arena nadie.
Miré el reloj, habían pasado casi dos horas desde que salí de la pensión. Tenía que comer algo o acabaría desmayándome.
Fui al pueblo y busqué una terraza donde tomar algo. Miraba a mi alrededor buscando alguna cara conocida, tenía que estar allí, tenía raíces y miedo a volar, estaba segura de que no se había marchado, de lo que no estaba tan segura es de qué haría si llegaba a encontrarle.
viernes, 1 de mayo de 2020
miércoles, 6 de noviembre de 2019
En clave de fa
Una vez,
tan solo una vez mi cuerpo fue guitarra entre sus manos.
Me acarició como hacía con ella,
con un arpegio intenso de sus dedos sobre mi piel
y me convertí en madera y resonancia,
en ritmo y melodía.
Bailamos como bailan los borrachos bajo la lluvia,
sin pensar en la pulmonía,
en el remordimiento de la resaca que amanece con el sol ,
ignorando que no hay canción eterna.
Después me marché
igual que se marchan las palabras que se dicen sin pensar,
con su sabor en mi boca,
su olor entre mi pelo
y la certeza de que nunca volvería a gemir en clave de fa.
martes, 8 de octubre de 2019
Gris
No tenía nada,
estaba tan vacía que el viento silbaba a través de mí.
Era la chica gris que lloraba tras la ventana
cuando nadie miraba.
Entonces llegaron las estaciones,
los trenes,los aeropuertos
y el pellizco en el estómago que me gritaba ‘huye’,
mientras mi mano asía con fuerza la maleta.
No era más que despegar para volver a aterrizar
sin ni siquiera haber atravesado las nubes.
Pájaro sin plumas remeras,
un boomerang que solo conoce el camino de vuelta a casa,
la venda en los ojos,
la culpa en la espalda,
la morfina en el corazón.
viernes, 29 de marzo de 2019
Copenhague
No se trataba de coleccionar poetas a los pies de su cama porque ni siquiera era su cama, solo camas tibias, extrañas y con sabanas de colores estampados que nada tenían que ver con ella pero le hacían olvidar a qué olían las suyas.
Amó a todos y cada uno de ellos, hasta que se rompían como barcos de papel sobre el océano y desaparecían llevándose un pedacito de su pena y añadiéndo una muesca a su nuca.
Él solo quería lamerle las heridas , y así se lo dijo “ déjame lamerte las heridas”, y tenía una lengua tan cálida que ella dejó que tras las heridas siguiera lamiendo donde no dolía, así que abrió las piernas, cerró los ojos y tocó el cielo con la punta de las pestañas.
Amó a todos y cada uno de ellos, hasta que se rompían como barcos de papel sobre el océano y desaparecían llevándose un pedacito de su pena y añadiéndo una muesca a su nuca.
Él solo quería lamerle las heridas , y así se lo dijo “ déjame lamerte las heridas”, y tenía una lengua tan cálida que ella dejó que tras las heridas siguiera lamiendo donde no dolía, así que abrió las piernas, cerró los ojos y tocó el cielo con la punta de las pestañas.
viernes, 15 de febrero de 2019
Estocolmo
Vuelvo a levantarme para mirarme en el espejo, ‘ tranquila,
no estás tan mal’, y sé que me estoy mintiendo de manera deliberada para
intentar darme fuerza. Agacho la cabeza y me miro las uñas, tal vez demasiado
cortas para el color burdeos, en realidad no sé por qué me las he pintado, odio
llevar las uñas pintadas.
Me asomo a la ventana. En la calle la gente sigue coreando incongruencias,
lemas aprendidos de memoria para hacer ruido y llamar la atención. Son tiempos
convulsos en los que nadie quiere a nadie, solo hay patrias, naciones, nacionalismos,
símbolos que defender atacando al prójimo. Nos utilizan y lo peor de todo es
que lo sabemos.
Miro el reloj, las doce y doce, sonrío, siempre me gustaron
las casualidades. Llevo en esta habitación de hotel desde anoche. No llevo
maleta, no la necesito. Sigo esperando pero no llega. Se retrasa doce minutos.
Vuelvo a mirar el reloj, trece.
Busco en el bolso mi teléfono móvil y compruebo que la batería
está a punto de agotarse, lo pongo a cargar sobre la mesilla de noche. Podría
llamarle, pero tenemos prohibidas las llamadas, tenemos la sensación de que los
rusos nos han pinchado los teléfonos y pueden contar a alguien nuestro plan. Tiene
miedo, miedo de ella, eso dice, pero en realidad sé que tiene miedo de mí… y de
él.
Me descalzo y me tumbo en la cama. A lo lejos se escuchan
sirenas, debe ser la policía, o tal vez una ambulancia gritando porque alguien
que viaja en su interior está a punto de morir y no quiere que sea dentro de
ella. Estamos llenos de cadáveres. Un corazón no puede soportar tantas muertes.
Un solo cuerpo no puede resistir tanto renacer.
Hace calor, la blusa se me pega a la espalda, me quito la
falda y me vuelvo a tumbar mirando al techo. Va a venir, lo sé, como sé que después
de hoy nada volverá a ser como antes. Era inevitable, lo hemos intentado, pero
estamos metidos en una espiral que solo nos lleva a un punto. Una vez estalle
la espiral no sé a dónde iremos, pero sé que nada seguirá en su sitio, será un
big bang que hará que todo se expanda.
Alguien abre la puerta, es él.
viernes, 26 de octubre de 2018
Infinita
Amaneces
y contigo se iluminan todos los rincones oscuros
que no eran capaces de iluminar las luciérnagas .
Tengo estos brazos que
hasta ayer estaban huérfanos
y ahora están tan llenos de ti
que no me canso de extenderlos para cobijarte,
has llenado tanto esta casa
que voy a tener que abrir las ventanas para abarcarte.
Sonríes
y vuelve a ser primavera en mi corazón de otoño,
y florezco y brillo
como una niña con zapatos nuevos.
Y canto,
cómo soñé que lo haría,
como lo hacen las sirenas a los marinos perdidos,
para invocar a Morfeo,
para que te ayude a llegar en sueños
hasta el país de Nunca Jamás
y encuentres a los niños perdidos,
y vueles con ellos
al menos por esta noche.
Y mañana cuando amanezcas
mamá seguirá aquí,
a tu lado,
respirándote como oxígeno,
bebiéndote como agua
porque si tú no estás
yo me muero.
y contigo se iluminan todos los rincones oscuros
que no eran capaces de iluminar las luciérnagas .
Tengo estos brazos que
hasta ayer estaban huérfanos
y ahora están tan llenos de ti
que no me canso de extenderlos para cobijarte,
has llenado tanto esta casa
que voy a tener que abrir las ventanas para abarcarte.
Sonríes
y vuelve a ser primavera en mi corazón de otoño,
y florezco y brillo
como una niña con zapatos nuevos.
Y canto,
cómo soñé que lo haría,
como lo hacen las sirenas a los marinos perdidos,
para invocar a Morfeo,
para que te ayude a llegar en sueños
hasta el país de Nunca Jamás
y encuentres a los niños perdidos,
y vueles con ellos
al menos por esta noche.
Y mañana cuando amanezcas
mamá seguirá aquí,
a tu lado,
respirándote como oxígeno,
bebiéndote como agua
porque si tú no estás
yo me muero.
lunes, 22 de octubre de 2018
Erosión
Sabes cómo se llama ese vacío que queda
cuando ya no queda nada?
El mío llevaba tu nombre.
Un hueco hecho de minutos muertos y enterrados justo ahí
en ese espacio vacío y oscuro
donde solo quedaba pena
y un infinito sabor a sal .
Todavía esperaba el milagro,
ese momento en que te viese aparecer
caminando descalzo por mi playa
hasta llegar a mí
y depositar un beso en mi pecho,
justo aquí, en el hueco
donde bailan las letras de tu nombre
la danza de la lluvia.
Pero se apagaron todas las lunas llenas
se detuvieron las mareas
y mis costillas se erosionaron
hasta desaparecer con el Eco de las olas.
Y al final solo llegaron nubes
frío
soledad.
Y este infinito vacío que todavía lleva tu nombre.
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