El oncólogo entró en la habitación acompañado por una enfermera que sostenía una carpeta llena de papeles. Pedro enseguida supo que eran los resultados de sus pruebas y Laura tardó poco en darse cuenta también, así que decidió salirse afuera y dejarles en intimidad.
Los pasillos esa mañana estaban tranquilos, apenas había nadie merodeando por ellos, si acaso alguna enfermera entrando y saliendo de las habitaciones para cerciorarse de que todo andaba en orden. No le gustaba nada aquella planta, podían haberla puesto en la de cardiología o traumatología, pero esa, a su parecer era una de las peores de todo el hospital, por eso no solía pasear por allí nunca, prefería quedarse junto a la ventana y mirar por ella los grises edificios. Un día Pedro le contó que a él al principio también le parecían grises y aburridos, pero que con el tiempo fue cambiando de perspectiva, dejó de verlos como edificaciones inertes y empezó a pensar que los edificios están compuestos por viviendas y a su vez estas tienen ventanas que dan a otras vidas, vidas tan importantes como las de ellos y que si te parabas a mirar con detenimiento podías saber o al menos imaginar, que siempre es más divertido, cómo era cada una de las personas que vivían allí. A Laura eso le pareció una estupidez, puestos a imaginar había cientos de cosas más interesantes, no andar creando cara y personalidad a gente que siquiera conocía o que no le importaba lo más mínimo. Pero ahora, de pie en ese pasillo deseaba tener un gran ventanal delante por el que mirar edificios. Empezó a sentir un dolor extraño en los dedos índice y corazón de la mano derecha y entonces recordó que antes de salir de la habitación los cruzó deseando con toda sus fuerzas que las noticias del médico fuesen muy buenas, Pedro lo merecía. Aunque los dos sabían que el alta no se la iban a dar porque todavía tenía fiebre en días alternos, ella albergaba la esperanza de que al menos el tumor se hubiese comportado. Alguien con tantas ansias de vivir merecía otra oportunidad. Tenía ilusiones que llevar a cabo. Un día le contó que tenía muchas ganas de hacer un picnic como los de las películas, con un mantel en el suelo bajo un gran árbol en un bosque, sin miedo a las hormigas ni a las abejas. Otro día le habló de dormir en la playa, en plena arena y despertarse justo antes del amanecer para ser el primero ese día en ver salir el sol. La verdad es que nunca se había parado a pensar en esas cosas, y si lo hubiese hecho posiblemente las hubiese desechado por parecerle inútiles, pero contadas con la ilusión con la que Pedro las contaba tomaban un matiz mucho más interesante, tanto que llegó a verse con él sentada bajo aquel gran árbol comiendo tortilla de patatas de una tartera y pudo sentir el frescor en la cara del rocío junto al mar, tanto que quiso ser él para sentir ilusión por esas cosas.
Cuanto te (h)echo de menos
Hace 19 horas


