jueves 12 de noviembre de 2009

¿Qué pasa cuando te quieren y tú ya no? Cuando miras atrás y no sientes añoranza de nada, aunque tampoco borrarías el pasado porque es tuyo. ¿Qué pasa cuando ya sientes que el amor no es más que un trozo de ceniza que se ha rendido despues de la lluvia? y ¿qué ocurre despues de que la noche que pensabas llorar no lo haces?
¿Qué se siente despues de la tristeza?Y después de la nada,¿se siente algo?
Ya no espero nada y espero que el que espera se desespere y me deje como causa perdida, que es lo que soy y aunque me tenga que alimentar de versos y relatos de aquí al final de mis dias, sola, creo que por primera vez en mi vida me alegro de ser gen-éticamente inexacta.

miércoles 11 de noviembre de 2009

¿Qué puedes perder?

El precio de una vida (IX)

Nunca había tenido el mismo compañero de habitación durante tanto tiempo, Laura llevaba allí más de dos semanas y se había acostumbrado a su presencia, a sus conversaciones y también a sus silencios.
Al día siguiente tenían que hacerle de nuevo el escáner, y algunas analíticas. Bromeó con Laura sobre el tiempo que estaría fuera en la mañana, en realidad era para espantar los fantasmas que le rondaban. A veces la esperanza no es suficiente para estar tranquilo y mucho menos para ser feliz. Se había contado tantas veces la historia en que todo salía bien y se curaba para siempre que ya no le funcionaba, no le era válida, llegados a ese punto no sabía a qué aferrarse.
Sacó del cajón una libreta y empezó a ojearla. A Laura le extrañó que estuviese tan callado y le preguntó. Él le contó que en esa libreta apuntaba las cosas que tenía pensado hacer cuando se pusiese bien.
- Como ir a verte al psiquiátrico, porque pienso recuperarme antes de que te den a ti el alta.
- ¿Para qué vas a querer ir a ver a una loca, eh?
- Mujer, que no eres cualquier loca, eres una loquita sexy.
Los dos rompieron a reír. Después se hizo el silencio y quedaron sumidos en sus pensamientos. Laura pensaba que tal vez cuando Pedro fuese a verla, si es que iba, ya no estaría allí, seguía pensando que la vida no valía la pena y no iba a dejarse engatusar con un pensamiento efímero como el que él acababa de ponerle delante. Pedro por otro lado pensaba en las pruebas del día siguiente. Era obvio que seguía teniendo la infección, cosa que le preocupaba, pero a la vez no tanto como los resultados del escáner. Si no le daban buenas noticias, ¿de dónde iba a sacar fuerzas para continuar? Y sus padres, ¿cuántas visitas más tendrían que hacer al hospital?
Unos nudillos golpearon la puerta aunque estaba entre abierta. Una mujer apareció en la habitación, tenía cara de cansada, pero a la vez era joven, no debía tener más de treinta y cinco o cuarenta años, era esbelta y con una melena que le llegaba a la altura del pecho. Dijo que buscaba a Laura.
- ¿Mamá?
De un respingo se puso de pie junto a la cama, se acicaló el pelo con las manos y con las mismas estiró el pijama. Una luz de ilusión brillaba en sus ojos, la misma que se desprendía de los ojos de su madre a pesar de la pena.
Pedro pensó que lo mejor sería dejarlas solas y se salió a caminar por el pasillo. Se acercó a la habitación cuatrocientos doce, el hombre de las ventosidades sonoras ya no estaba, preguntó a una enfermera que pasaba por allí y le dijo que hacía dos días que le habían dado el alta. Se alegró, tanto que de golpe se fueron más de la mitad de los fantasmas que le rondaban desde hacía horas. El alta es como si te devolviesen las alas que te quitan en el mismo instante en que te dicen que te tienes que quedar ingresado en el hospital.
Después de deambular un rato por el pasillo se sentía muy fatigado y con ganas de volver a la habitación y echarse a descansar, pues sueño tampoco tenía. En la puerta se cruzó con la madre de Laura, quien sonreía y lloraba a la vez. Se paró a su lado, le hizo un amago de caricia en la cara y le dio las gracias. No entendía por qué.
Laura estaba muy contenta, hablaba sin parar y le dijo que era delito que no se tomase la cena, pues ese día estaba riquísima. Pedro destapó la bandeja y sonrió, caldo de pollo y menestra de verdura con pechuga, lo mismo que hace tres noches, cuando a ella le pareció las cosa más incomible de la historia de las cenas del hospital. Volvió a cerrar la bandeja, esa noche no podía tomar nada, tenía una madeja de nervios en el estómago que no le dejaba apenas respirar. Laura salió al pasillo y buscó a Clara, quien un minuto después volvió con un gran vaso de leche y unas galletas.
- ¿Te ha dolido lo que te han hecho?
- No, siquiera los análisis, con el cacharro este que tenemos puesto en la vena es como un grifo, abre, sale la sangre y cierras, bueno, qué te voy a contar yo a ti que no hayas probado ya.
- No me lo recuerdes nunca más, ¿vale?
No contestó, simplemente dirigió la mirada hacia el suelo, hacia el mismo lugar donde unos días antes goteaba la sangre de Laura, esa sangre preciosa que significa vida. No le costaba nada no volver a recordárselo, pero no lo podía olvidar. Lo cierto es que no se lo había perdonado, pero tampoco podía odiarla. Ella se dio cuenta y no alargó más el tema.

martes 10 de noviembre de 2009

El precio de una vida (VIII)

Pedro leía en silencio y ella le miraba desde su cama, le gustaba ver cómo movía los labios a la vez que leía y observar la expresión de su cara que cambiaba según iba leyendo. Después de un rato la curiosidad ganó la batalla y le preguntó qué era eso que leía tan entretenido.
- Es poesía, ¿te gusta?
- Nunca la he leído, o bueno, sí, pero solo la que nos obligaban en el colegio y el instituto y nunca me ha terminado de apañar. A ti por lo que veo sí te gusta, porque se te pone una cara de interesante…
- Es que según qué tipo de poesía puede llegar a ser muy emotiva. ¿Quieres que te lea un poco?
- Vale.
Mientras le escuchaba cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de los versos, no sabía si le gustaba por lo que decían o por la candidez con la que estaban siendo recitados. Después de un rato dejó de escuchar lo que Pedro iba leyendo y sus pensamientos se sumieron en algo más profundo todavía, recuerdos del pasado. Se acordó de su padre, cuando era pequeña también solía leerle, no alcanzaba a comprender por qué ahora se había vuelto así. También pensaba en su madre, en el tiempo que pasaba trabajando cuando era pequeña, siempre se excusó diciendo que para criar sola a una hija hacía falta trabajar así, pero ella pasaba las tardes enteras sola en casa, mientras otros niños hacían los deberes del colegio con ayuda de sus padres. Pedro seguía leyendo, ella volvió en sí y retomó el hilo de la poesía que estaba recitando, hablaba del amor ausente, de las noches eternas y de los amaneceres gélidos. Pensó en sus parejas, nunca le habían durado mucho, con quien más tiempo estuvo fue con Dani, estuvieron un año entero, ni más ni menos, el día en que cumplían su primer aniversario ella le dejó con la excusa de que no era nada valiente. Lo cierto es que sí lo era, era tanto que a su lado ella se sentía más cobarde de lo que podía soportar y no podía permitirlo, no quería que la gente fuese consciente de sus debilidades. Todavía estaba enamorada de él cuando lo dejó, pero no soltó ni una lágrima, permaneció fría e impasible, debía sobrevivir a Dani y la única forma de hacerlo, a su entender, era esa. Ahora que echaba la vista atrás lo veía todo de un modo distinto, en las relaciones no se puede pedir que tu pareja sea exactamente como tú quieres que sea, en realidad la quieres por cómo es y por lo que eres cuando estás a su lado. Había en su interior un sentimiento tan grande de inferioridad que no soportaba que quien estuviese a su lado fuese bueno, era como estar a la sombra de un olmo y ser hormiga, como estar junto a un príncipe y ser rana. Había perdido a Dani simplemente porque no se consideraba suficientemente buena para él, ni para nadie. Acababa de darse cuenta de que no era una buena persona. La voz que recitaba seguía escuchándose de fondo y ella seguía con los ojos cerrados, tragando saliva y suspirando para que la madeja de sentimientos que se le había atascado en la garganta bajase sin hacer el menor estrépito, pero no pudo y todo se hizo más denso, entonces en el más riguroso de los silencios lloró en vertical, como lo hacen las muñecas.
Clara entró en la habitación con las bandejas de la cena. Cuando se acercó a la mesita de Pedro le hizo un gesto para que la acompañase al pasillo.
- ¿Cómo te va con la compañera de habitación? Parece que últimamente está más suave, al menos ya no se niega a comer.
- Está más simpática, ¿verdad? Últimamente hablamos bastante, es buena chica, solo que anda perdida. ¿Sabes para cuándo le dan el alta?
- No tengo ni idea, pero si ven que cada vez come mejor, que asimila la comida y no se queja de dolores supongo que no tardarán mucho en dársela, a lo sumo un par de semanas más.

viernes 6 de noviembre de 2009

El precio de una vida (VII)

Los siguientes días siguieron hablando, temas mucho más triviales, pero los silencios eran cada vez más breves.
Una tarde llovía muchísimo, hacía tiempo que no se veía caer una tormenta así, Pedro llamó a su casa y dijo a sus padres que no hacía falta que viniesen a verle, se encontraba bien y fuera hacía muy mal día como para salir. Se levantó de su cama y se sentó en un sillón frente a la ventana, Laura cogió otro sillón y lo puso a su lado. Ambos coincidieron en que darían cualquier cosa por salir ahí fuera y sentir la lluvia sobre sus cuerpos, dejar que los camisones se empapasen hasta quedarse pegados en la piel.
- La esperanza debe oler parecido a la lluvia- dijo Laura con tristeza.
- No, la esperanza huele a césped recién cortado.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Porque es lo que me mantiene vivo, Laura. Sé que me voy a curar y eso es lo que me da fuerzas para resistir cada día.
- Si pudiese darte mi vida en un frasco de cristal para que te la bebieras lo haría. Qué mal repartido está el mundo.- siquiera apartó la mirada de la ventana, ni parpadeó, la indiferencia recorría su cuerpo de arriba abajo.
Pedro sintió ganas de recriminarla, incluso se sintió violento, con ganas de darle una bofetada por la tontería que acababa de decir. Nadie es quién para jugar con la vida, siquiera con la de uno mismo. Pero ¿cómo hacérselo comprender a alguien que no sabe apreciar el valor de una vida?
No podía dormir la siesta, le dolía el cuerpo y no sabía si era por la fiebre o de estar tanto tiempo en cama en la misma posición. Laura hacía rato que estaba callada, la verdad es que llevaba dos días de nuevo autista. Odiaba que se pusiese así, era una situación muy incómoda, pensó hablar con ella cuando se despertase y pedirle al menos que los días que estuviese borde no le faltase el respeto. Dos días atrás, antes del mutismo profundo tuvieron una discusión. Lo cierto es que no tenía por qué haber acabado en discusión lo que en principio era una conversación con ideas divergentes. Al final ella le insultó y él le dijo que era una absurda por no saber conversar como una persona adulta, que con veinticinco años ya tenía edad para ser más sensata, mientras no supiese comportarse como tal no volviese a dirigirle la palabra. Ahora pensaba que tal vez había sido demasiado duro con ella, cuando se despertase le pediría perdón. De vez en cuando giraba la cabeza hacia la cortina esperando ver algún movimiento, pero nada. Entonces miró al suelo y vio un charco de sangre. Se levantó todo lo rápido que pudo y corrió hacia su cama, sintió que se mareaba cuando vio que la sangre procedía del brazo de Laura, del gotero. Había arrancado la goma del suero y había desenroscado las dos ruedas que abren y cierran el paso del líquido y la sangre, con lo cual se estaba desangrando. Ella permanecía con los ojos abiertos, mirando a Pedro, le susurro primero que la dejase tranquila y después se lo gritó a pleno pulmón, Pedro no podía reaccionar, los pies se le habían quedado pegados al suelo, como si fuesen de plomo y se hubiesen fundido de repente, entonces gritó, gritó con todas sus fuerzas un “NO” que advirtió a todas las enfermeras de la planta quienes vinieron acompañadas de un camillero. Laura forcejeaba, pataleaba y gritaba, mordió a la enfermera que estaba intentando cerrar el gotero, cuanto más se agitaba más sangre salía. Pedro sintió que se desmayaba y se fue a su cama. Aquella niñata estúpida lo había intentado de nuevo. Sin lugar a dudas era una egoísta.
La tuvieron sedada durante un día entero esperando que se le pasase la crisis. De momento no la podían medicar, de eso ya se encargarían en el psiquiátrico. Pedro se prometió que nunca más hablaría con ella, no se merecía el cariño de nadie porque no lo sabía valorar. Pero como ocurría con muchas de las promesas que se hacía la rompió en el momento en que la escuchó hablar.
- ¿Pedro?
- ¿Qué?- su voz era seca como la lija.
- Dime que no estás enfadado conmigo, por favor.
- No puedo, no sé mentir.
- Pues miénteme, por favor, miénteme y dime que no estás enfadado. Si quieres dime que soy una absurda, dímelo, pero no me odies, si me odias tú entonces no me queda nadie.- empezó a llorar desconsoladamente.
- A ver Laura, es que no te entiendo, de verdad y jamás lo conseguiré. Juegas con una cosa por la que yo lucho cada día. ¿No te das cuenta la de gente que estaría dispuesta a cambiarse por ti? Eres una egoísta. No te odio, pero me das pena. Con lo que vales deberías aprender a quererte un poco, no es tan difícil.
- Perdona, no quería asustarte, de verdad, perdóname.

El precio de una vida (VI)

- Voy a poner un rato la tele, ¿te molesta? – preguntó Pedro.
- Pon lo que te dé la gana, total lo que echan en la tele es para morirse.
Fue cambiando de canal hasta que encontró uno de documentales. Era un reportaje de la India.
- ¿Has estado alguna vez en la India, Laura?
- ¿Has estado tú en la luna? Es que tienes unas preguntas…
- Mujer, la India no es la luna, es mucho más factible.
- Pues lo será para ti que lo mismo tienes mucha pasta, porque lo que viene siendo mi bolsillo se ve que tiene un agujero continuo por el que se me escapan los euros.
- No creas que tengo tanto, que con la historia esta del cáncer me he quedado a dos velas. Pero cuando me ponga bien voy a ahorrar y me voy a dar el viaje de mi vida. Tú no sabes la de cosas maravillosas que tiene la India por ver.
- ¿Cómo cuales?
- Por ejemplo el Taj Mahal, dicen que es una de las siete maravillas del mundo. También hay mercados inmensos. ¿Te molan los mercados?
- Depende, pero sí, si hay cosas guapas sí que me gustan. ¿Qué venden en esos mercados?
- Uf, de todo, venden cosas inimaginables. Sobre todo especias y telas guapísimas.
- ¿Animales exóticos también venden?- preguntó con interés.
Pedro estaba sorprendido de ver la cantidad de frases que la chica decía, él que había llegado a pensar que era medio autista, además de la afabilidad con la que le hablaba en esta ocasión.
- Pues eso no lo sé, pero seguro que sí, aunque fijo que es ilegal.
- ¿Has viajado mucho, Pedro?
- Bueno, algo sí, pero por Europa nada más. Alemania, Bélgica, Roma, Paris, Londres y creo que poco más. Pero eran viajes muy aburridos, eran cosas del trabajo. ¿Tú en qué trabajas?- preguntó corriendo el riesgo de recibir una respuesta cortante y volver a la visión de la cortina cerrada durante varios días.
- En el centro comercial, en una tienda de mascotas. Pero no echo de menos el trabajo, en realidad no echo de menos nada. Dejé de echar de menos mucho antes de que me ingresasen, cosa que todavía no entiendo. ¿Te han contando ya por qué estoy aquí?
No supo qué contestar, prefirió poner cara de circunstancias y alzar los hombros, mejor que fuese ella la que tomase una conclusión.
- Pues porque me quiero morir. Pero me encontraron a tiempo y me hicieron un lavado de estomago. Ya ves, no sé para qué, en cuanto salga de aquí lo pienso hacer de nuevo, lo voy a hacer hasta conseguirlo, tengo derecho a decidir cuándo quiero acabar con mi vida, para eso es mía ¿no? Después dicen que los que intentamos suicidarnos somos egoístas, ¿y ellos qué son? Quieren controlar sus vidas y las de los demás también, vaya mierda, ya podían meterse en sus cosas. ¡Ah! Pues no sabes lo mejor, cuando me ponga bien, porque tengo no se qué en el hígado y por eso todavía estoy aquí, me van a ingresar en un manicomio, así como si estuviese loca. ¿Sabes quiénes son los locos?
- ¿Quiénes?
- Los que saben qué es la vida y quieren seguir viviendo a pesar de todo.
- ¿Y qué es la vida?- preguntó aturdido.
- La vida es una mierda, es como un circulo, o peor, como una concha de caracol que solo te lleva a un mismo destino, la muerte. Y lo malo no es morirse, es cómo te vas a morir, o las cosas que tienes que sufrir antes de llegar a ella. Yo ya sé qué es la vida, y de verdad, no quiero seguir viviéndola, me rindo, que me dejen adelantar mi final, si va a dar lo mismo, de aquí a ¿Cuánto, cuarenta años, cincuenta? Ya estaré muerta, ¿Qué diferencia hay entre que sea ya una vieja acabada a que lo haga ahora que todavía estoy joven y saludable? Te voy a decir una cosa Pedro, yo no estoy loca, aunque digan que la negación es la primera muestra, seguiré negándolo. No quiero seguir levantándome cada mañana pensando que el día va a ser igual que ayer y que mañana será igual que hoy y que pasado mañana. No tengo ganas de luchar por nada, porque no hay nada por lo que luchar. Ahora para colmo mi madre no me habla, me llamó al día siguiente de que me ingresasen y me dijo que no se merece que le de esos disgustos y mi padre siquiera sé si se habrá enterado porque desde que se casó con la tipa esa ya no sé nada de él, bah, y tampoco me importa, que se arregle con su vida. Y bueno, ahora que te he contado mi vida ya me puedes ir contando la tuya, que no estamos en igualdad.
- Bueno, y ¿qué quieres que te cuente?, si llevo desde hace más de dos años más tiempo metido en este hospital que en mi propia casa.
- Por ejemplo eso, háblame de tu enfermedad, si quieres, claro.
- Mi enfermedad se explica pronto, tengo cáncer, pero el tumor me ha salido en la cabeza y es más complicado de curar. Lo que cuesta más explicar es la de cosas a las que me limita mi enfermedad y no solo ella, sino el tratamiento. En realidad desde que me diagnosticaron lo que tenía me ha cambiado todo, a peor, por supuesto. Perdí a mi novia, a casi todos mis amigos, perdí el trabajo y lo que más echo de menos, la libertad. Ahora soy esclavo del cáncer, él es quien me dirige, quien me dice cuándo debo dormir, cuándo me desvelo, cuándo me tengo que quejar, cuándo puedo comer, cuándo vomito. Pero hay algo que he ganado, ilusión. Antes mi vida se limitaba a ir sobreviviendo. Trabajaba, quería a mi novia, salíamos a cenar los fines de semana, tomábamos unas copas con los amigos y bueno, pensaba que eso era lo que había que hacer, digamos que mi vida se mantenía dentro de los estereotipos de la normalidad y la comodidad. Pero claro, ahora todo eso ha desaparecido y ¿sabes qué?, que cuando me ponga bien no pienso volver a ese estilo de vida. Por supuesto que trabajaré, pero será trabajar para vivir y no vivir para trabajar, uno tienen que vivir para uno mismo, para disfrutar de las cosas. Al principio, sobre todo los primeros siete ocho meses, lloraba mucho pensando en todo lo que había perdido y echaba la culpa a la enfermedad, pero estaba en un error, no fue la enfermedad lo que hizo que las cosas que antes tenía desapareciesen, porque tarde o temprano dará lo mismo, en cuanto tengas un problema, una variante del tipo que sea, la gente de tu alrededor que no te quiere de verdad desaparecerá, será como una criba en la que la arenilla que solo está ahí adherida por comodidad desaparecerá en la primera sacudida, después irán desapareciendo las piedrecitas más finas y al final cuando mires te darás cuenta de que te has quedado prácticamente solo, pero ten por seguro que los que queden contigo estarán ahí hasta el final de los días, entonces será cuando valores de verdad lo que te queda.
Miró a Laura, estaba pensativa y con los labios apretados. Prefirió no preguntarle nada, tampoco esperó que ella hablase. Los dos dirigieron su atención hacia el documental que acababa de terminarse

jueves 5 de noviembre de 2009

El precio de una vida (V)

Se negó a tomar el desayuno y cuando la enfermera le insistió dio un manotazo a la bandeja y todo quedó desparramado por el suelo. Clara siquiera la miró con recelo.
Si aquella mañana Laura no hubiese dicho aquella frase grosera, Pedro dudaría si era muda, pues durante todo el día no la volvió a escuchar siquiera musitar.
Cuando sus padres vinieron a verle les puso en sobre aviso para que no se asomasen a saludarla. Cuando ya se hubieron ido y se quedaron solos la volvió a oír llorar, pero esta vez decidió ignorarla, frenó el impulso de hablar con ella e intentar consolarla.
Después de tres días sin fiebre, esa tarde las décimas volvieron a subir. Intentó que eso no le afectase al ánimo, pero era imposible, llevaba demasiado tiempo en el hospital, pensaba que la infección había remitido y al fin podría marcharse a casa. La última semana se le había hecho eterna, había momentos en los que perdía la noción del tiempo y no sabía si al despertar de la siesta era media tarde o de madrugada.
Se puso a llorar, pero sin represiones, sin vergüenza, sin freno, como lo hace un niño de cinco años cuando se siente perdido en medio de un centro comercial. De súbito se descorrió la cortina que separaba su cama de la de Laura.
- ¿Tanto te preocupa la fiebre?- su voz sonaba tan indiferente que daba frío.
Pedro no supo qué responder, lo cierto es que no sabía si aquel llanto era por miedo a la fiebre, a quedarse en el hospital más tiempo o a no volver a casa nunca más.
- No llores hombre, que ya no tienes edad.
- Tú también lo haces, todos los días y a veces en varias ocasiones. Déjame que yo lo haga, tengo derecho ¿no?
- Sí, pero yo tengo motivos. Fin de la conversación.- y la cortina volvió a cerrarse.
No dudaba que los tuviera, pero desde luego eso no le daba ningún derecho a desmerecer sus lágrimas. La chica le tenía despistado, si realmente no le importaba lo más mínimo siquiera se hubiese molestado en hablarle, pero entonces ¿por qué era tan borde con él?, tal vez no era borde con él, posiblemente es que una parte de ella se negaba a relacionarse con nadie.
Seguía teniendo fiebre y los días pasaban.
Estaba desesperado, ya no tenía ganas de leer, ni de pasear, ni de deambular por el pasillo y para colmo la cama de Laura era la que estaba pegada a la ventana, así que tampoco se podía asomar a mirar las azoteas. A penas cruzaban unas palabras o frases cortas, “cómo estás hoy”, “te duele mucho”, “vaya mierda de comida ponen aquí” y poco más.