jueves 19 de noviembre de 2009

El precio de una vida (XI)

El oncólogo entró en la habitación acompañado por una enfermera que sostenía una carpeta llena de papeles. Pedro enseguida supo que eran los resultados de sus pruebas y Laura tardó poco en darse cuenta también, así que decidió salirse afuera y dejarles en intimidad.
Los pasillos esa mañana estaban tranquilos, apenas había nadie merodeando por ellos, si acaso alguna enfermera entrando y saliendo de las habitaciones para cerciorarse de que todo andaba en orden. No le gustaba nada aquella planta, podían haberla puesto en la de cardiología o traumatología, pero esa, a su parecer era una de las peores de todo el hospital, por eso no solía pasear por allí nunca, prefería quedarse junto a la ventana y mirar por ella los grises edificios. Un día Pedro le contó que a él al principio también le parecían grises y aburridos, pero que con el tiempo fue cambiando de perspectiva, dejó de verlos como edificaciones inertes y empezó a pensar que los edificios están compuestos por viviendas y a su vez estas tienen ventanas que dan a otras vidas, vidas tan importantes como las de ellos y que si te parabas a mirar con detenimiento podías saber o al menos imaginar, que siempre es más divertido, cómo era cada una de las personas que vivían allí. A Laura eso le pareció una estupidez, puestos a imaginar había cientos de cosas más interesantes, no andar creando cara y personalidad a gente que siquiera conocía o que no le importaba lo más mínimo. Pero ahora, de pie en ese pasillo deseaba tener un gran ventanal delante por el que mirar edificios. Empezó a sentir un dolor extraño en los dedos índice y corazón de la mano derecha y entonces recordó que antes de salir de la habitación los cruzó deseando con toda sus fuerzas que las noticias del médico fuesen muy buenas, Pedro lo merecía. Aunque los dos sabían que el alta no se la iban a dar porque todavía tenía fiebre en días alternos, ella albergaba la esperanza de que al menos el tumor se hubiese comportado. Alguien con tantas ansias de vivir merecía otra oportunidad. Tenía ilusiones que llevar a cabo. Un día le contó que tenía muchas ganas de hacer un picnic como los de las películas, con un mantel en el suelo bajo un gran árbol en un bosque, sin miedo a las hormigas ni a las abejas. Otro día le habló de dormir en la playa, en plena arena y despertarse justo antes del amanecer para ser el primero ese día en ver salir el sol. La verdad es que nunca se había parado a pensar en esas cosas, y si lo hubiese hecho posiblemente las hubiese desechado por parecerle inútiles, pero contadas con la ilusión con la que Pedro las contaba tomaban un matiz mucho más interesante, tanto que llegó a verse con él sentada bajo aquel gran árbol comiendo tortilla de patatas de una tartera y pudo sentir el frescor en la cara del rocío junto al mar, tanto que quiso ser él para sentir ilusión por esas cosas.

miércoles 18 de noviembre de 2009

¿ADOPTAS UN CACHORRO?

Conozco a alguien que su perrita ha tenido cachorros, 6 para ser exactos y hemos conseguido que 4 tengan un hogar agradable, pero quedan 2 que en una semana serán enviados a la protectora (el dueño no entra en razón).
La madre de los cachorros es sitzu y el padre es de otra raza, pero tamaño similar.
Si estás interesado en un cachorrito, por favor, hazmelo saber a este mail wywyna@hotmail.com Tienen un mes y una semana, son como ositos...la hembra es blanca y negra y el macho es marron y blanco.
Piensalo, un animal es una responsabilidad, pero tambien dan mucho mucho cariño.

Besos a todos.

El precio de una vida (X)

- ¿Cuándo te van a dar los resultados?
- Pues no lo sé, normalmente tardan un par de días, como estoy ingresado me los dan antes, como no tengo que pedir cita y esas cosas, me ahorro las colas y las listas de espera. Algo bueno tiene que tener que esté aquí metido, ¿no?
- Vamos, que te dan trato de cliente vip. Vaya enchufe tienes tío.
Ambos reían, pero en el fondo Pedro se sentía intranquilo y lo seguiría estando mientras no le diesen el resultado de las pruebas. Algo le decía que el pronóstico no iba a ser del todo favorable, aunque desde hacía un tiempo la idea de estar en el hospital no le resultaba tan insoportable, la compañía de Laura era grata a pesar de sus ideas macabras, egocéntricas y a veces descabelladas.
Un par de noches después del segundo intento de suicidio, Pedro dormía. Debía ser de madrugada. Se despertó porque aun dormido tenía una sensación extraña. Él nunca había creído las leyendas que corrían por el hospital, y sobre todo aquella de que a veces los enfermos que murieron en las camas vuelven a ellas cuando se encuentran perdidos para intentar encontrar la calma, le resultaba de lo más absurda, pero esa noche juraba sentir pegado a su espalda un cuerpo. Primero pensó que lo mejor sería quedarse muy quieto y volverse a dormir, después pensó que posiblemente era un sueño o el principio de una pesadilla y que si se daba la vuelta su mente podría jugarle una mala pasada y ver cualquier cosa. Entonces escuchó un suspiro tenue, como un ronquido, pero mucho más sutil y pronto se despertó su mente avisándole de que podía ser Laura la que se había metido en su cama. ¿Laura, en su cama? ¿Qué hacía ella allí? Se dio la vuelta con cuidado de no despertarla y sí, era ella. Un calor repentino recorrió su cuerpo, tuvo que destaparse, se sentó en la cama y volvió a mirar para cerciorarse de que era verdad lo que veía. Después de unos minutos, lo que tardó en dejar de sudar, volvió a meterse en la cama y decidió dormir o al menos intentarlo.
Laura miraba a Pedro desde su cama, parecía tan frágil que a veces le daba miedo mirarlo tan intensamente, como si prologando tanto la mirada pudiese llegar a hacerle daño, es lo último que quería. Muchas veces se olvidaba de que estaba enfermo y otras muchas se olvidaba de que ella también lo estaba, en realidad no se sentía enferma, ese era un simple cuadro médico en el que la habían incluido sintiéndose totalmente ajena. Ser maníaco-depresiva era algo que sentía muy lejano, como de película de Hitchcock, ella se consideraba más bien sincero-realista, hasta el grado de que no la entendían. Después de ver cuánto afecto su segundo intento de suicidio a Pedro decidió no volver a intentarlo en un tiempo, al menos el suficiente para que él no se enterase, no quería que pudiese ponerse peor por su culpa. Muchas veces envidiaba su coraje, hasta el grado de odiarse a sí misma por no poseer ni la mitad de su valor. Él que estaba tan enfermo no perdía las esperanzas, seguía luchando cada día por conseguir que el día siguiente fuese algo mejor que el anterior y lo que era más sorprenderte, se preocupaba de la vida de los demás. Si ella estuviese enferma seguramente se cerraría en sí misma y maldeciría al cielo y a todos los seres terrenales por su sufrimiento. Era una mala suerte y una injusticia que tan buena gente como Pedro tuviese que pasar por esos trances. También pensaba en sus padres, lo mucho que le querían y que debían padecer pensando en la enfermedad de su hijo. Recordó la primera noche que fueron a visitarlo, cuando ella ya estaba allí, no soportaba escuchar las palabras de ánimo que sus padres prodigaban sin parar y ella sola en su cama, sin saber nada de su padre y creyendo que su madre la odiaba, pero vino a verla después de un tiempo, tal vez la quería más de lo que imaginaba, lo mismo es cierto que no merecía llevarse tal disgusto, demasiado sufrió ya cuando su padre las dejó abandonadas, cuando las cambio por una pelandrusca que solo sabía caminar sobre doce centímetros de tacón. Su madre valía mil veces más que esa. La verdad es que nunca se lo había dicho y debería saberlo, era una buena madre, tal vez un poco histérica, pero quizá esos sean los efectos secundarios de que te deje el marido sola y a cargo de una niña de cinco años. Nunca le faltó de nada, aunque para los egoístas el todo se queda corto. ¿Y si Pedro tenía razón? ¿Y si era una egoísta?

jueves 12 de noviembre de 2009

¿Qué pasa cuando te quieren y tú ya no? Cuando miras atrás y no sientes añoranza de nada, aunque tampoco borrarías el pasado porque es tuyo. ¿Qué pasa cuando ya sientes que el amor no es más que un trozo de ceniza que se ha rendido despues de la lluvia? y ¿qué ocurre despues de que la noche que pensabas llorar no lo haces?
¿Qué se siente despues de la tristeza?Y después de la nada,¿se siente algo?
Ya no espero nada y espero que el que espera se desespere y me deje como causa perdida, que es lo que soy y aunque me tenga que alimentar de versos y relatos de aquí al final de mis dias, sola, creo que por primera vez en mi vida me alegro de ser gen-éticamente inexacta.

miércoles 11 de noviembre de 2009

¿Qué puedes perder?

El precio de una vida (IX)

Nunca había tenido el mismo compañero de habitación durante tanto tiempo, Laura llevaba allí más de dos semanas y se había acostumbrado a su presencia, a sus conversaciones y también a sus silencios.
Al día siguiente tenían que hacerle de nuevo el escáner, y algunas analíticas. Bromeó con Laura sobre el tiempo que estaría fuera en la mañana, en realidad era para espantar los fantasmas que le rondaban. A veces la esperanza no es suficiente para estar tranquilo y mucho menos para ser feliz. Se había contado tantas veces la historia en que todo salía bien y se curaba para siempre que ya no le funcionaba, no le era válida, llegados a ese punto no sabía a qué aferrarse.
Sacó del cajón una libreta y empezó a ojearla. A Laura le extrañó que estuviese tan callado y le preguntó. Él le contó que en esa libreta apuntaba las cosas que tenía pensado hacer cuando se pusiese bien.
- Como ir a verte al psiquiátrico, porque pienso recuperarme antes de que te den a ti el alta.
- ¿Para qué vas a querer ir a ver a una loca, eh?
- Mujer, que no eres cualquier loca, eres una loquita sexy.
Los dos rompieron a reír. Después se hizo el silencio y quedaron sumidos en sus pensamientos. Laura pensaba que tal vez cuando Pedro fuese a verla, si es que iba, ya no estaría allí, seguía pensando que la vida no valía la pena y no iba a dejarse engatusar con un pensamiento efímero como el que él acababa de ponerle delante. Pedro por otro lado pensaba en las pruebas del día siguiente. Era obvio que seguía teniendo la infección, cosa que le preocupaba, pero a la vez no tanto como los resultados del escáner. Si no le daban buenas noticias, ¿de dónde iba a sacar fuerzas para continuar? Y sus padres, ¿cuántas visitas más tendrían que hacer al hospital?
Unos nudillos golpearon la puerta aunque estaba entre abierta. Una mujer apareció en la habitación, tenía cara de cansada, pero a la vez era joven, no debía tener más de treinta y cinco o cuarenta años, era esbelta y con una melena que le llegaba a la altura del pecho. Dijo que buscaba a Laura.
- ¿Mamá?
De un respingo se puso de pie junto a la cama, se acicaló el pelo con las manos y con las mismas estiró el pijama. Una luz de ilusión brillaba en sus ojos, la misma que se desprendía de los ojos de su madre a pesar de la pena.
Pedro pensó que lo mejor sería dejarlas solas y se salió a caminar por el pasillo. Se acercó a la habitación cuatrocientos doce, el hombre de las ventosidades sonoras ya no estaba, preguntó a una enfermera que pasaba por allí y le dijo que hacía dos días que le habían dado el alta. Se alegró, tanto que de golpe se fueron más de la mitad de los fantasmas que le rondaban desde hacía horas. El alta es como si te devolviesen las alas que te quitan en el mismo instante en que te dicen que te tienes que quedar ingresado en el hospital.
Después de deambular un rato por el pasillo se sentía muy fatigado y con ganas de volver a la habitación y echarse a descansar, pues sueño tampoco tenía. En la puerta se cruzó con la madre de Laura, quien sonreía y lloraba a la vez. Se paró a su lado, le hizo un amago de caricia en la cara y le dio las gracias. No entendía por qué.
Laura estaba muy contenta, hablaba sin parar y le dijo que era delito que no se tomase la cena, pues ese día estaba riquísima. Pedro destapó la bandeja y sonrió, caldo de pollo y menestra de verdura con pechuga, lo mismo que hace tres noches, cuando a ella le pareció las cosa más incomible de la historia de las cenas del hospital. Volvió a cerrar la bandeja, esa noche no podía tomar nada, tenía una madeja de nervios en el estómago que no le dejaba apenas respirar. Laura salió al pasillo y buscó a Clara, quien un minuto después volvió con un gran vaso de leche y unas galletas.
- ¿Te ha dolido lo que te han hecho?
- No, siquiera los análisis, con el cacharro este que tenemos puesto en la vena es como un grifo, abre, sale la sangre y cierras, bueno, qué te voy a contar yo a ti que no hayas probado ya.
- No me lo recuerdes nunca más, ¿vale?
No contestó, simplemente dirigió la mirada hacia el suelo, hacia el mismo lugar donde unos días antes goteaba la sangre de Laura, esa sangre preciosa que significa vida. No le costaba nada no volver a recordárselo, pero no lo podía olvidar. Lo cierto es que no se lo había perdonado, pero tampoco podía odiarla. Ella se dio cuenta y no alargó más el tema.

martes 10 de noviembre de 2009

El precio de una vida (VIII)

Pedro leía en silencio y ella le miraba desde su cama, le gustaba ver cómo movía los labios a la vez que leía y observar la expresión de su cara que cambiaba según iba leyendo. Después de un rato la curiosidad ganó la batalla y le preguntó qué era eso que leía tan entretenido.
- Es poesía, ¿te gusta?
- Nunca la he leído, o bueno, sí, pero solo la que nos obligaban en el colegio y el instituto y nunca me ha terminado de apañar. A ti por lo que veo sí te gusta, porque se te pone una cara de interesante…
- Es que según qué tipo de poesía puede llegar a ser muy emotiva. ¿Quieres que te lea un poco?
- Vale.
Mientras le escuchaba cerró los ojos y se dejó llevar por el ritmo de los versos, no sabía si le gustaba por lo que decían o por la candidez con la que estaban siendo recitados. Después de un rato dejó de escuchar lo que Pedro iba leyendo y sus pensamientos se sumieron en algo más profundo todavía, recuerdos del pasado. Se acordó de su padre, cuando era pequeña también solía leerle, no alcanzaba a comprender por qué ahora se había vuelto así. También pensaba en su madre, en el tiempo que pasaba trabajando cuando era pequeña, siempre se excusó diciendo que para criar sola a una hija hacía falta trabajar así, pero ella pasaba las tardes enteras sola en casa, mientras otros niños hacían los deberes del colegio con ayuda de sus padres. Pedro seguía leyendo, ella volvió en sí y retomó el hilo de la poesía que estaba recitando, hablaba del amor ausente, de las noches eternas y de los amaneceres gélidos. Pensó en sus parejas, nunca le habían durado mucho, con quien más tiempo estuvo fue con Dani, estuvieron un año entero, ni más ni menos, el día en que cumplían su primer aniversario ella le dejó con la excusa de que no era nada valiente. Lo cierto es que sí lo era, era tanto que a su lado ella se sentía más cobarde de lo que podía soportar y no podía permitirlo, no quería que la gente fuese consciente de sus debilidades. Todavía estaba enamorada de él cuando lo dejó, pero no soltó ni una lágrima, permaneció fría e impasible, debía sobrevivir a Dani y la única forma de hacerlo, a su entender, era esa. Ahora que echaba la vista atrás lo veía todo de un modo distinto, en las relaciones no se puede pedir que tu pareja sea exactamente como tú quieres que sea, en realidad la quieres por cómo es y por lo que eres cuando estás a su lado. Había en su interior un sentimiento tan grande de inferioridad que no soportaba que quien estuviese a su lado fuese bueno, era como estar a la sombra de un olmo y ser hormiga, como estar junto a un príncipe y ser rana. Había perdido a Dani simplemente porque no se consideraba suficientemente buena para él, ni para nadie. Acababa de darse cuenta de que no era una buena persona. La voz que recitaba seguía escuchándose de fondo y ella seguía con los ojos cerrados, tragando saliva y suspirando para que la madeja de sentimientos que se le había atascado en la garganta bajase sin hacer el menor estrépito, pero no pudo y todo se hizo más denso, entonces en el más riguroso de los silencios lloró en vertical, como lo hacen las muñecas.
Clara entró en la habitación con las bandejas de la cena. Cuando se acercó a la mesita de Pedro le hizo un gesto para que la acompañase al pasillo.
- ¿Cómo te va con la compañera de habitación? Parece que últimamente está más suave, al menos ya no se niega a comer.
- Está más simpática, ¿verdad? Últimamente hablamos bastante, es buena chica, solo que anda perdida. ¿Sabes para cuándo le dan el alta?
- No tengo ni idea, pero si ven que cada vez come mejor, que asimila la comida y no se queja de dolores supongo que no tardarán mucho en dársela, a lo sumo un par de semanas más.