- Voy a poner un rato la tele, ¿te molesta? – preguntó Pedro.
- Pon lo que te dé la gana, total lo que echan en la tele es para morirse.
Fue cambiando de canal hasta que encontró uno de documentales. Era un reportaje de la India.
- ¿Has estado alguna vez en la India, Laura?
- ¿Has estado tú en la luna? Es que tienes unas preguntas…
- Mujer, la India no es la luna, es mucho más factible.
- Pues lo será para ti que lo mismo tienes mucha pasta, porque lo que viene siendo mi bolsillo se ve que tiene un agujero continuo por el que se me escapan los euros.
- No creas que tengo tanto, que con la historia esta del cáncer me he quedado a dos velas. Pero cuando me ponga bien voy a ahorrar y me voy a dar el viaje de mi vida. Tú no sabes la de cosas maravillosas que tiene la India por ver.
- ¿Cómo cuales?
- Por ejemplo el Taj Mahal, dicen que es una de las siete maravillas del mundo. También hay mercados inmensos. ¿Te molan los mercados?
- Depende, pero sí, si hay cosas guapas sí que me gustan. ¿Qué venden en esos mercados?
- Uf, de todo, venden cosas inimaginables. Sobre todo especias y telas guapísimas.
- ¿Animales exóticos también venden?- preguntó con interés.
Pedro estaba sorprendido de ver la cantidad de frases que la chica decía, él que había llegado a pensar que era medio autista, además de la afabilidad con la que le hablaba en esta ocasión.
- Pues eso no lo sé, pero seguro que sí, aunque fijo que es ilegal.
- ¿Has viajado mucho, Pedro?
- Bueno, algo sí, pero por Europa nada más. Alemania, Bélgica, Roma, Paris, Londres y creo que poco más. Pero eran viajes muy aburridos, eran cosas del trabajo. ¿Tú en qué trabajas?- preguntó corriendo el riesgo de recibir una respuesta cortante y volver a la visión de la cortina cerrada durante varios días.
- En el centro comercial, en una tienda de mascotas. Pero no echo de menos el trabajo, en realidad no echo de menos nada. Dejé de echar de menos mucho antes de que me ingresasen, cosa que todavía no entiendo. ¿Te han contando ya por qué estoy aquí?
No supo qué contestar, prefirió poner cara de circunstancias y alzar los hombros, mejor que fuese ella la que tomase una conclusión.
- Pues porque me quiero morir. Pero me encontraron a tiempo y me hicieron un lavado de estomago. Ya ves, no sé para qué, en cuanto salga de aquí lo pienso hacer de nuevo, lo voy a hacer hasta conseguirlo, tengo derecho a decidir cuándo quiero acabar con mi vida, para eso es mía ¿no? Después dicen que los que intentamos suicidarnos somos egoístas, ¿y ellos qué son? Quieren controlar sus vidas y las de los demás también, vaya mierda, ya podían meterse en sus cosas. ¡Ah! Pues no sabes lo mejor, cuando me ponga bien, porque tengo no se qué en el hígado y por eso todavía estoy aquí, me van a ingresar en un manicomio, así como si estuviese loca. ¿Sabes quiénes son los locos?
- ¿Quiénes?
- Los que saben qué es la vida y quieren seguir viviendo a pesar de todo.
- ¿Y qué es la vida?- preguntó aturdido.
- La vida es una mierda, es como un circulo, o peor, como una concha de caracol que solo te lleva a un mismo destino, la muerte. Y lo malo no es morirse, es cómo te vas a morir, o las cosas que tienes que sufrir antes de llegar a ella. Yo ya sé qué es la vida, y de verdad, no quiero seguir viviéndola, me rindo, que me dejen adelantar mi final, si va a dar lo mismo, de aquí a ¿Cuánto, cuarenta años, cincuenta? Ya estaré muerta, ¿Qué diferencia hay entre que sea ya una vieja acabada a que lo haga ahora que todavía estoy joven y saludable? Te voy a decir una cosa Pedro, yo no estoy loca, aunque digan que la negación es la primera muestra, seguiré negándolo. No quiero seguir levantándome cada mañana pensando que el día va a ser igual que ayer y que mañana será igual que hoy y que pasado mañana. No tengo ganas de luchar por nada, porque no hay nada por lo que luchar. Ahora para colmo mi madre no me habla, me llamó al día siguiente de que me ingresasen y me dijo que no se merece que le de esos disgustos y mi padre siquiera sé si se habrá enterado porque desde que se casó con la tipa esa ya no sé nada de él, bah, y tampoco me importa, que se arregle con su vida. Y bueno, ahora que te he contado mi vida ya me puedes ir contando la tuya, que no estamos en igualdad.
- Bueno, y ¿qué quieres que te cuente?, si llevo desde hace más de dos años más tiempo metido en este hospital que en mi propia casa.
- Por ejemplo eso, háblame de tu enfermedad, si quieres, claro.
- Mi enfermedad se explica pronto, tengo cáncer, pero el tumor me ha salido en la cabeza y es más complicado de curar. Lo que cuesta más explicar es la de cosas a las que me limita mi enfermedad y no solo ella, sino el tratamiento. En realidad desde que me diagnosticaron lo que tenía me ha cambiado todo, a peor, por supuesto. Perdí a mi novia, a casi todos mis amigos, perdí el trabajo y lo que más echo de menos, la libertad. Ahora soy esclavo del cáncer, él es quien me dirige, quien me dice cuándo debo dormir, cuándo me desvelo, cuándo me tengo que quejar, cuándo puedo comer, cuándo vomito. Pero hay algo que he ganado, ilusión. Antes mi vida se limitaba a ir sobreviviendo. Trabajaba, quería a mi novia, salíamos a cenar los fines de semana, tomábamos unas copas con los amigos y bueno, pensaba que eso era lo que había que hacer, digamos que mi vida se mantenía dentro de los estereotipos de la normalidad y la comodidad. Pero claro, ahora todo eso ha desaparecido y ¿sabes qué?, que cuando me ponga bien no pienso volver a ese estilo de vida. Por supuesto que trabajaré, pero será trabajar para vivir y no vivir para trabajar, uno tienen que vivir para uno mismo, para disfrutar de las cosas. Al principio, sobre todo los primeros siete ocho meses, lloraba mucho pensando en todo lo que había perdido y echaba la culpa a la enfermedad, pero estaba en un error, no fue la enfermedad lo que hizo que las cosas que antes tenía desapareciesen, porque tarde o temprano dará lo mismo, en cuanto tengas un problema, una variante del tipo que sea, la gente de tu alrededor que no te quiere de verdad desaparecerá, será como una criba en la que la arenilla que solo está ahí adherida por comodidad desaparecerá en la primera sacudida, después irán desapareciendo las piedrecitas más finas y al final cuando mires te darás cuenta de que te has quedado prácticamente solo, pero ten por seguro que los que queden contigo estarán ahí hasta el final de los días, entonces será cuando valores de verdad lo que te queda.
Miró a Laura, estaba pensativa y con los labios apretados. Prefirió no preguntarle nada, tampoco esperó que ella hablase. Los dos dirigieron su atención hacia el documental que acababa de terminarse