
Me dijo adiós
después de setecientos cincuenta y nueve días
y sus palabras sonaron tan mudas
que me dieron miedo,
el miedo que entra cuando sabes que es todo verdad,
que la canción que escuchabas ayer ya terminó hace tiempo
y lo que ahora te acaricia la piel es solo aire,
un aire libre de besos
seco de suspiros,
vacío de historias de amor,
un aire que sopla sin destino
y vuelve a mí como un boomerang que azota en la cara.
Es el momento de mirarse las manos y ver qué queda
aparte de un puñado de versos que llevarse a la boca,
de besos que echarse a los ojos para no llorar,
sueños que enterrar en el patio de atrás
esperando que cuando llueva florezcan
o mejor aun,
esperar que se inunde todo y se pudran
porque los sueños son como la humedad
trepa por los muros de la casa más fuerte y la corroe,
llega a deshacerla dejando solo una montaña de escombros.
Adiós es una palabra que se dice solo una vez,
la última.